Especies de espacios.
George Perec
Método: habría que renunciar a hablar de la ciudad, a hablar sobre la ciudad, o bien obligarse a hablar de ella del modo más simple del mundo, hablar de ella de forma evidente, familiar. Abandonar toda idea preconcebida. Dejar de pensar en términos muy elaborados, olvidar lo que han dicho los urbanistas y los sociólogos.
Hay algo espantoso en la idea misma de la ciudad; se tiene la impresión de que solo podremos aferrarnos a imágenes trágicas o desesperadas: Metrópolis, el universo mineral, el mundo petrificado, que solo podremos acumular sin tregua preguntas sin respuesta.[1]
Me gusta andar por París. A veces durante toda una tarde, sin rumbo preciso, aunque tampoco al azar, ni a la aventura, pero tratando de dejarme llevar. A veces tomando el primer autobús que para (no se puede tomar el autobús al vuelo). O bien preparando cuidadosamente, sistemáticamente, un itinerario. Si tuviera tiempo, me gustaría concebir y resolver problemas análogos al de los puentes de Koenigsbereg o, por ejemplo, encontrar un trayecto que, atravesando París de parte, sólo tuviera en cuenta calles que comiencen por letra C.[2]
Me gusta mi ciudad, pero no sabría decir exactamente lo que me gusta de ella. No creo que sea el olor. Estoy demasiado acostumbrado a los monumentos como para tener ganas de mirarlos. Me gustan ciertas luces, algunos puentes, terrazas de cafés. Me gusta mucho pasar por un sitio que no he visto hace tiempo.[3]

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